Mis escritos
El siglo XX fue un periodo de graves contradicciones y marcados contrastes. Durante tres cuartas partes de aquella centuria, la gran mayoría de los países del mundo estuvo regida por gobiernos autoritarios, personalistas y dictatoriales; emergieron los grandes totalitarismos y -excepto en las últimas dos décadas- la democracia fue un sistema político minoritario y marginal.

Los terremotos ya no son lo que eran antes. No tanto porque las fallas geológicas hayan seguido una evolución extraña a lo largo del tiempo, sino porque ahora los ciudadanos nos informamos de los sismos y de sus consecuencias de modo muy diferente a como lo hacíamos antaño.

Después de la desaparición física de los entrañables hermanos Del Monte, mi estado de orfandad peluqueril es casi irreversible. Obligado por la más inexorable de las leyes de la vida y por la distancia geográfica que me separa de Salta, ahora no me queda más remedio que someter mi cabeza a un peluquero castellano viejo, que cada vez que se enfrenta con mi tupida cabellera no deja de manifestarme su asombro y, en cierto modo, su envidia por las estupendas características naturales de mi pelo.

"Así parió mamita", diría una persona que bien conozco si se enterase de que mis hijos veinteañeros han acudido a la Puerta del Sol para manifestarse pacíficamente y apoyar el movimiento de los "indignados".

Mientras en Salta la mitad o las tres cuartas partes de la nomenklatura del Partido Justicialista persigue obsesivamente un lugar en las listas de diputados nacionales, los ciudadanos del mundo comienzan a denunciar la insuficiencia de los mecanismos de la representación política. En la mira, dos instituciones varias veces centenarias: los partidos y los parlamentos.

Cuando un magistrado del Estado desciende voluntariamente de los estrados para tomar partido en la lucha política, apartándose de su deber de neutralidad, abandonando su independencia y descuidando lo esencial de sus funciones constitucionales, lo menos que se puede esperar del magistrado en cuestión es que acepte de buen grado las reglas de juego que son propias de la lucha política.

Muchas veces me he preguntado si lo que llaman la "Cultura de Salta" no está de algún modo sobrevalorada. Y tantas veces como me he formulado esta pregunta, he encontrado respuestas tan inconsistentes y volátiles que soy incapaz de recordarlas.

Me ha sorprendido, y mucho, la noticia de que el próximo fin de semana se realizará un desfile "cívico-gaucho" en Campo Quijano.

He leído ayer en la prensa internacional que Finlandia se ha convertido en el primer país del mundo en declarar el acceso a Internet a través de banda ancha como un derecho fundamental con base legal. En efecto, a partir de julio de 2010, las empresas de telecomunicaciones del país nórdico estarán obligadas a proveer a los 5,2 millones de finlandeses con conexiones a Internet de una velocidad no inferior a 1 megabit por segundo.

El 6 de junio de 1989 puse por primera vez los pies en Europa. Traía en la maleta mi título de abogado, que las circunstancias aconsejaban reforzar con estudios de posgrado en universidades europeas, y el ánimo abatido por las calamidades políticas y económicas del último tercio del mandato del presidente Alfonsín. En aquellas épocas, la Argentina, al mismo tiempo que asomaba al abismo, expulsaba por sus fronteras a miles de desencantados como yo, que solían escoger Europa no sólo para mejorar humanamente sino, a veces, para sobrevivir en condiciones de mínima dignidad.

Una de las derrotas más estrepitosas de la democracia consiste en que, después de 27 años, los salteños no hemos sido capaces de acabar con ciertas desigualdades relacionadas con la organización jerárquica y estamental de nuestra sociedad.

Mañana, día miércoles 27 de octubre, se realizará en todo el territorio argentino el Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2010.

LCF - 1977
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