Mis escritos
"Así parió mamita", diría una persona que bien conozco si se enterase de que mis hijos veinteañeros han acudido a la Puerta del Sol para manifestarse pacíficamente y apoyar el movimiento de los "indignados".

Hubiese sido inútil convencerlos de que no acudieran, como inútiles fueron -en el otoño argentino de 1969- los intentos de mi padre para que mis hermanos mayores -y yo mismo- no nos sintiéramos contagiados de entusiasmo por los acontecimientos políticos juveniles de aquel momento, que nos empujaron a rechazar en las calles la dictadura militar y la complicidad sindical con la supresión de las libertades y el avasallamiento de los derechos de los trabajadores.

A estos jóvenes de hoy les hemos enseñado a amar la libertad, a ser concientes de sus derechos y -de alguna forma- les hemos inculcado una idea pura de la democracia. ¿Por qué habría de sorprendernos ahora su rebeldía, su inconformismo y hasta su indignación?

La sorpresa -si es que hay alguna- es que no se hubieran indignado mucho antes.

Durante décadas hemos creído que a nuestros jóvenes no les interesaba la política. Ahora nos hemos dado cuenta no solo de que la política les interesa más de lo que suponíamos (incluso más que a muchos de nosotros), sino que esa imagen del joven indiferente, hedonista y poco comprometido en los asuntos públicos forma parte en realidad de la estrategia perversa de quienes se apropiaron de la democracia para beneficiar a una minoría muy minúscula de ricos y poderosos.

En ocasiones anteriores -como ya dije- he visto a jóvenes indignados con el sistema y disconformes con los políticos o con los mandamases de turno. Pero es la primera vez que veo a gente vociferar -y con razón- contra los grandes medios de comunicación; y no solo contra los poderosos que los manejan, sino también contra los periodistas y comunicadores que trabajan en ellos, contra los que siempre se habían creído por encima del bien y del mal e inmunes a cualquier crítica.

Debo confesar que tampoco me sorprende esta indignación; no solo porque estos jóvenes fueron educados -en la casa y en la escuela- para hacer una lectura crítica y razonada de los medios de comunicación, sino porque desde hace bastante tiempo las nuevas tecnologías les permiten a ellos tener sus propios canales de comunicación y de opinión, alejados de las grandes corrientes uniformizantes y más cercanos a la verdad.

Nadie sabe muy bien cómo continuará la historia después de que concluya la votación de hoy, pero especialmente después de que las plazas comiencen a despejarse. Sin embargo, todo el mundo tiene hoy la sensación de que habrá un antes y un después del 15 de mayo de 2011. Porque una generación entera ha salido a las calles para gritar que está harta de que le birlen el futuro; pero no en nombre de la ideología o a manos de un tirano, sino en nombre de la democracia, de la libertad y la política.

Los jóvenes indignados están denunciando la insuficiencia de los mecanismos democráticos conocidos y exigen una mayor participación en la toma de decisiones públicas vinculantes. Este movimiento solo es comparable, por su intensidad, a la presión de las grandes masas populares en las primeras décadas del siglo XX, que forzó la transición desde el primitivo Estado liberal con sufragio restringido al Estado liberal democrático con sufragio universal.

Los jóvenes indignados reclaman hoy, como entonces, cambios profundos en los mecanismos y en los instrumentos de la representación. Piensan que el Parlamento es una cámara de representación, pero no de los ciudadanos, sino de oligarquías partidarias y, por conexidad, de grandes intereses económicos. Piensan que otra organización política es posible. La parlamentarización del sistema político que ideó Max Weber puede que esté llegando a su fin.

Es posible, claro está, que todo se quede en un buen intento, en un arrebato de rebeldía primaveral inmortalizado en las redes sociales. Pero estos jóvenes -y muchos mayores- esperan cambios reales, concretos y efectivos. Es difícil que estos cambios no se produzcan, porque ha quedado muy claro ya que el ciudadano medio de la segunda década del siglo XXI se parece muy poco al obrero industrial ilustrado de los albores del Estado del Bienestar, y que los partidos políticos y los parlamentos, que permitieron a las masas alcanzar grandes conquistas, hoy se erigen en obstáculos para que los ciudadanos del nuevo siglo puedan alcanzar las suyas.

En fin, que si mi padre salió a las calles en 1930 para oponerse a los designios del general Uriburu, si mis hermanos y yo lo hicimos en los 60 y 70 para repudiar las dictaduras de Onganía y de Videla, no veo por qué mis hijos no deban expresar su repudio hacia la dictadura de los mercados y hacia sus principales cómplices. Así los hemos criado.

LCF - 1977
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