Mis escritos
Para los estadounidenses, inventores de la criatura, el federalismo es más una cuestión práctica que teórica. Así lo pone de relieve la abundantísima jurisprudencia de la Corte Suprema norteamericana que, por algún motivo, se ha venido preocupando por aligerar a la idea federalista de su carga dogmática.

El federalismo -por lo menos el original- más que un principio político es una técnica de división del poder. En otros términos: que la división territorial del poder político, como una forma más de limitar a este último y de evitar su ejercicio absoluto, es el verdadero principio político; el federalismo es tan sólo un instrumento al servicio de este objetivo.

En la Argentina el asunto funciona de forma bien diferente, a pesar de que nuestros constituyentes de 1853 no pretendieran otra cosa que copiar "para nosotros y para nuestra posteridad" el modelo federalista estadounidense.

En la Argentina se ha olvidado, por ejemplo, que el federalismo fue inventado, no tanto para hacer posible la autonomía política de unos territorios que ya eran suficientemente autónomos antes de que se inventara el asunto, sino más bien para crear lo que los norteamericanos llaman con orgullo "la unión" (lo que nosotros, arrastrados por la retórica política eurocontinental, llamaríamos una "nación"), respetando al mismo tiempo -hasta donde fuese posible- aquellas autonomías preexistentes.

La clave del federalismo original no consistió, por tanto, en la creación de una diversidad que ya existía sino en el alumbramiento de una unidad entre las partes diversas, que es lo que antes no existía.

Luego, las tensiones entre el poder federal y las unidades territoriales autónomas (o "federadas") son prácticamente iguales en cualquier sistema político federal del mundo.

Pero no lo son las soluciones, como veremos a continuación.

El falso orden 'federal' argentino

En la Argentina, por ejemplo, el adjetivo "federal", en lugar de calificar a ese orden político excepcional creado para hacer posible "la unión", sirve para identificar al fenómeno contrario, es decir, para aludir a la diversidad política territorial.

Lo cual ciertamente no es malo de suyo, excepto por el pequeñísimo detalle que, entre nosotros, las reivindicaciones federalistas no están acompañadas por sinceros propósitos de limitación del poder, sino al contrario, deformadas por una inocultable vocación por ejercer el poder del modo más ilimitado posible.

Pero no es éste el único problema ni el más importante. A menudo se nos olvida que el llamado "Estado nacional" es, en realidad, el "Estado federal", y es por esta razón que la Argentina, a diferencia de cualquier otro país federal del mundo, tiene algo así como tres órdenes diferentes: lo "nacional", lo "provincial" y lo "federal".

Para los argentinos el "espacio federal" no es el de las instituciones creadas por la Constitución Nacional, sino ese espacio híbrido, difuso y asexuado creado por las provincias en foros y consejos interprovinciales a los que, sin ningún rigor jurídico, se les llama "federales".

¿Qué cosa es, por ejemplo, el "Consejo Federal de Turismo"? ¿Qué es el "corredor federal aéreo"? ¿Son órganos del Estado federal propiamente dicho? ¿Son órganos provinciales o multiprovinciales?

Sólo Dios sabe por qué se llaman federales estas instancias de diálogo y cooperación entre los gobiernos provinciales (y eventualmente también con el gobierno federal); sólo el diablo sabe qué tiene de "federal" un avión que conecta varias provincias sin pasar por Buenos Aires.

La paradoja llega a tal extremo que si uno piensa en los "consejos federales" (de Salud, de Seguridad, de Trabajo, etc.) como espacios de diálogo en donde los gobiernos provinciales buscan "armonizar" sus políticas, para dar respuestas parecidas (o quizá uniformes) a los problemas comunes, inmediatamente advierte que lo que las provincias buscan con estos "consejos federales", no es afirmar su autonomía ni reivindicar su diversidad, sino -al contrario- una política "unitaria", igual o casi igual para todos.

No pienso ni por un minuto que estos mal llamados consejos federales sean inútiles ni mucho menos. Al contrario, creo que son muy útiles en la búsqueda y el hallazgo de soluciones eficaces a problemas que nos afectan a todos. Es posible que también contribuyan a reforzar nuestra unidad como nación.

Pero lo que sí pienso es que el llamarlos "federales" representa una tortura para el federalismo argentino, toda vez que esta arbitraria denominación no hace sino acentuar los rasgos unitarios (centralistas y autoritarios) de las verdaderas instituciones federales del país, que no son otras que las que establece la Constitución Nacional (a la que, de paso también, se podría llamar, sin mengua de su alto prestigio, "Constitución Federal").

Pienso, finalmente, que si tanto nos quejamos de que nuestro federalismo no funciona bien y anhelamos cambiarlo, deberíamos empezar preocupándonos por conocer su verdadera naturaleza política y filosófica. Sólo así seremos capaces de abandonar ese dogmatismo estéril que pretende elevar al federalismo al rango de principio o, peor aún, convertirlo en una ideología, ignorando o despreciando su auténtica esencia de instrumento constitucional para la limitación del poder político.

Un mensaje en el Día de la Lealtad

Éste es, claro está, un mensaje para el llamado "peronismo federal", que hoy celebra su fiesta en Salta.

Porque si miramos bien el asunto, poco tiene de federal un aquelarre de patrones de estancia que más que pensar en la salud y la fuerza de la "unión" están preocupados por mantener y, en su caso, acrecentar el señorío en sus feudos, sea que éstos se llamen Lomas de Zamora, San Luis, Buenos Aires, Río Negro o Salta.

Poco tienen de "federales" unos señores que no están pensando precisamente en limitar el poder sino en ejercerlo sin medida ni recato, si es que la oportunidad les llega; es decir, si el auténtico poder "federal", que para bien o para mal ejercen los señores Kirchner, algún día se los permite.

LCF - 1977
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