Mis escritos
Contrariamente a lo que se suele creer, la decadencia social es un fenómeno que se aprecia mejor -aunque no siempre a primera vista es más perceptible- cuando las sociedades viven un periodo de expansión económica que cuando se encuentran sumergidas en la crisis.

Durante el largo tiempo que llevo fuera de Salta y de la Argentina (son ya casi tres décadas), he tenido ocasión de encontrarme en Europa a muchos salteños que, en épocas muy diferentes, emprendieron viajes, largos y menos largos, por razones muy variadas.

Solo en los últimos cinco años me ha tocado ver a comprovincianos eufóricos, tan inflamados de orgullo que no caben dentro de sí, por lo que ellos consideran una «transformación radical» de la sociedad salteña y un progreso en todas las líneas. Solo en los últimos cinco años debo haber escuchado unas cincuenta veces frases parecidas a esta: «Si vas a Salta no las vas a reconocer de lo cambiada que está».

Lo curioso es que estos salteños, viajeros de nuevo cuño, empedernidos turistas, curiosos caminantes o ávidos estudiantes, son hoy, si se me permite, mucho menos cultos, menos educados y mundanos que los salteños que frecuentaban estas mismas tierras 15 o 25 años atrás, cuando el país en general -y Salta en particular- padecían crisis económicas y sociales muy profundas.

La explicación de un fenómeno paradojal

Es realmente difícil encontrarle una explicación a este fenómeno tan extraño. A primera vista parece, sin embargo, que el crecimiento económico sostenido nos ha servido, entre otras cosas, para ocultar a la vista del gran público el lento pero inexorable declive de nuestra cultura y el deterioro, igualmente lento e implacable, de nuestras instituciones civiles.

Se me podrá decir, y con razón, que un puñado de viajeros más o menos despistados no es representativo de la actual realidad social de Salta, lo cual, a mi entender, no haría sino repetir, aunque en forma de crítica, aquella vacua y recurrente invitación «para ir a ver lo cambiada que está Salta».

Lo que de verdad trae a la luz la profunda decadencia que nos afecta no son los viajeros sino el lamentable estado de dos actividades humanas que normalmente trascienden las fronteras y que se me antojan esenciales para juzgar la salud y la vitalidad de nuestra sociedad: el pensamiento y el arte.

Cuando hablo del pensamiento o del mundo del pensamiento en Salta no me refiero a la esfera del conocimiento, que nos aboca solo a la búsqueda de la verdad científica, sino a esa otra actividad humana que, en base a talento y coraje, nos permite «entender» la complejidad que nos rodea.

Porque aunque la economía nos sonría y los desmontes extiendan continuamente la frontera agropecuaria y los límites de nuestra riqueza, vivimos inmersos en una gran crisis de complejidad, cuya gestión requiere incorporar una visión de la realidad más comprensiva y de mayor alcance que las convencionales que hemos aplicado hasta ahora. A mi juicio, esa visión salvadora solo puede hallar la luz en el mundo del pensamiento o en el del arte, o en los dos al mismo tiempo.

Mientras en Salta el conocimiento parece decididamente estancado, a pesar de que un puñado de entusiastas pugna por sacarlo de su atraso, el pensamiento ha retrocedido varias décadas y se encuentra seriamente amenazado por la desertificación. A diferencia de lo que sucede en el mundo del conocimiento, en el del pensamiento no parece haber nadie que tire del carro, ni un interés especial en hacerlo.

Las razones para este retroceso son muchas, pero entre las que más me preocupan se halla la renuncia a 'entender', ese gesto suicida que voluntariamente ha impulsado a nuestras mentes más sobresalientes a desistir de cualquier empeño esclarecedor. Como ha escrito Javier Cercas, entender es peligroso, porque quien se atreve a entender y contar a los demás lo que ha entendido, por complejo e incómodo que sea, «se arriesga a ser malinterpretado, atacado, acusado de traidor y de revisionista, que son las injurias habituales de los conformistas y los timoratos contra quienes no se resignan a la ortodoxia embustera de los lugares comunes».

A diferencia del pensamiento, que busca «entender», el arte persigue la belleza, pero tiene en común con el primero que su cultivo requiere, en igual medida, talento y coraje, así como de un mínimo contacto con la realidad.

La importancia del arte para interpretar a las sociedades ha sido destacada de un modo brillante por John Ruskin, cuyo pensamiento inspiró, entre otras, la gran obra de Marcel Proust.

Dice el pensador inglés que «las grandes naciones escriben sus autobiografías en tres manuscritos, el libro de los muertos, el libro de sus palabras y el libro de su arte. Ninguno de ellos puede ser interpretado sin la lectura de los otros dos, pero de los tres, el único fidedigno es el último. Si para decir la verdad sobre la sociedad tuviese que escoger entre un discurso de un ministro y los edificios que se erigieron durante su ejercicio, me quedaría con los edificios».

Lo mismo que sucede en el campo del pensamiento, ensombrecido hoy por la ideología y empobrecido por la pereza mental de quienes, pudiendo aportar a su florecimiento, han renunciado lastimosamente a ello, el estado de nuestras artes (particularmente la literatura, la poesía, la música, la arquitectura y el teatro) denuncia una alarmante pobreza social, por debajo de las refulgencias aparentes de esa Salta intermitente y superficial a la que, según me dicen, «no reconocería» si volviera yo a verla.

El deterioro de la 'minoría creativa'

Lo que sucede en Salta en torno al mundo del pensamiento y al de las artes es, para mí, consecuencia del deterioro progresivo de lo que Arnold J. Toynbee llamó la «minoría creativa».

Decía el ilustre historiador británico que la ruptura de las civilizaciones no se produce por la pérdida de control sobre el entorno físico, sobre el medio ambiente humano, o por ataques desde el exterior, sino que obedece más bien al deterioro de la «minoría creativa», que eventualmente deja de ser creativa y degenera en una mera «minoría dominante» (que obliga a la mayoría a obedecer sin merecer la obediencia).

Para Toynbee, el deterioro de las minorías creativas se debe, a su vez, a la veneración de sus méritos anteriores (a worship of their 'former self'), una práctica que convierte a sus individuos en orgullosos (el famoso «orgullo de ser salteño»), y que conduce a la sociedad y a sus dirigentes al fracaso a la hora de dirigir sus esfuerzos y su atención al siguiente desafío que deben enfrentar.

La confirmación de que la «minoría creativa» en Salta ha degenerado en «minoría dominante» nos la proporcionan todos los días el gobierno y sus titubeos. Un gobierno que, a fuerza de fracasos, y a pesar de su ceguera, se ha dado cuenta de que, para mantener el statu quo, ya solo le queda avanzar hacia lo que Carlos Taibo llama el «darwinismo social militarizado», echando mano de soluciones violentas para preservar aquellos recursos escasos en provecho de una escueta minoría de la población.

Algunos de los problemas más graves que padece Salta son, pues, el perpetuo enamoramiento del pasado, el tenaz orgullo localista, la constante exaltación de las glorias presuntas y de los aciertos supuestos y la confianza en una sabiduría ancestral que solo nos ha conducido a cometer un error tras otro.

Todo ello ha desembocado en la virtual extinción de esa «minoría creativa positiva» compuesta por personas inteligentes, talentosas y valientes que conservan su chispa de esperanza y optimismo en medio de la incertidumbre y la desesperación.

Nadie, por miedo a ser considerado un traidor al salteñismo (no hay peor ofensa entre nosotros que decir de alguien que «no lleva el poncho bien puesto») se anima a proponer la revisión de aquellas verdades endebles que, en apariencia, sostienen el edificio de nuestra convivencia, pero que en realidad nos mantienen en el perpetuo engaño de que seremos capaces de afrontar los más duros desafíos del futuro, buceando en la misma charca en la que los artistas y pensadores que nos precedieron no pudieron hallar jamás las respuestas para entender el presente.

LCF - 1977
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