Mis escritos
Nuestros espíritus, pequeños y aldeanos, estarían condenados al infierno eterno de la estupidez y la ignorancia si de vez en cuando no recibiéramos de aquellos espíritus grandes, generosos y benevolentes, lecciones magistrales de apertura mental que nos recuerden lo pequeño que somos y todo lo que nos falta recorrer para alcanzar esas excelsas cotas de sabiduría ancestral que distinguen a los salteños más 'grandes'.

La vida sin embargo nos enseña que -aunque con excepciones naturales- aquellos que insistentemente se nos presentan a nuestros ojos como 'grandes' son en realidad seres 'pequeños', rechazados y fracasados, que buscan obsesivamente la aceptación de sus semejantes, en contraste con aquellos que poseen una grandeza natural, los que, sin preocuparse si son o no aceptados por los demás, no alardean de su condición, provocando así que la mayoría de la gente confunda su discreción y sus buenas formas con pequeñez y debilidad.

La lección que los salteños 'grandes' -los jurados enemigos de la Salta pequeña- pretenden que hoy aprendamos es doble: por un lado nos enseña que el régimen autocrático que padecemos en Salta se caracteriza por la pervivencia de lacras como el nepotismo, el desprecio, el clientelismo y los privilegios discernidos desde el vértice del poder; por el otro nos señala al «consenso», basado en el republicanismo y el «patriotismo constitucional», como el camino para abatir al pernicioso régimen.

La primera de las lecciones -he de decir- se parece mucho a una definición de sí mismo. Es decir, que quien nos dibuja los contornos del régimen autocrático no es aquel que sufre en carne propia esas lacras ni las combate, sino el que ha practicado, con ardor y sin desmayos, el nepotismo, el desprecio, el clientelismo, los privilegios discernidos desde el vértice del poder y cuanto vicio desordenado pueda afectar la política. Muchas veces es el enfermo quien mejor puede describir su enfermedad, como el criminal que, aun mejor que los jueces y la policía, puede dar detalles de su crimen.

Ciertamente, no parece malo de suyo que los más abyectos propongan un consenso para regenerar la vida política que ellos mismos contribuyeron a destruir. No sería, desde luego, la primera vez en la historia. Lo que ocurre es que la operación tiene un precio altísimo: el mismo que impone una potencia que bombardea un país y lo destruye para, acto seguido, ofrecer que sus empresas lo reconstruyan.

Exactamente igual, la corrala del 'consenso' requiere, para una correcta representación del sainete, pagar el precio (inasumible, por cierto) del regreso al poder de los destructores de la política, de los envilecedores de la convivencia, solo que bajo otra máscara, no menos siniestra que la anterior.

'Senador, usted no es Adolfo Suárez'

Para hacer el ridículo no basta con proponer ahora exactamente lo inverso a lo que se hizo antes y a lo que probablemente se hará después, si es que se consigue el objetivo de conquistar nuevamente el poder. Las personas más o menos informadas pueden ver en ello una inmoralidad, mas no una extravagancia.

Lo realmente extraño y extravagante, lo ridículo en el mejor sentido de la expresión, es que se pretenda colocar esta operación profundamente inmoral y descaradamente electoralista a la altura de otras operaciones de consenso democrático que dejaron profunda huella en la historia, como los Pactos de la Moncloa.

Comparar los dos procesos (el español y el salteño) y, más que ello, hallarles tan estrechas como imposibles semejanzas, involucra la vana pretensión de colocar en un mismo plano moral, intelectual y político al torcido impulsor del 'consenso' salteño (un hombre profundamente desacreditado por sus propios actos) y al expresidente español Adolfo Suárez (un hombre que se hizo acreedor del máximo respeto de la España democrática, aun por encima del rey), por no mencionar la no menos vana ilusión de equiparar a sus dos o tres letristas (tanto o más desacreditados que su jefe) con personajes de la enorme talla de Enrique Fuentes Quintana o Fernando Abril Martorell.

Muchos todavía recuerdan el momento más explosivo del debate televisado entre el entonces candidato demócrata a la Vicepresidencia de los Estados Unidos, Lloyd Bentsen, y el senador Dan Quayle, candidato republicano, cuando éste, que tenía una breve carrera política, afirmó tener incluso más experiencia que Jack Kennedy cuando llegó a la presidencia. Bentsen entonces pronunció su famosa sentencia, que destruyó a Quayle: "Senador, he servido con Jack Kennedy. Conocí a Jack Kennedy. Jack Kennedy fue amigo mío. Senador, usted no es Jack Kennedy".

Algunas verdades sobre los Pactos de la Moncloa

Aunque sirvieran para apuntalar de forma decisiva el consenso constitucional en ciernes, los Pactos de la Moncloa no fueron sino una operación de coyuntura, que no perseguía acabar con ningún régimen autocrático (Franco llevaba muerto casi dos años y, cuatro meses antes de la firma de los acuerdos se celebraron unas elecciones generales que dieron al gobierno de Suárez una indudable legitimidad democrática así como una notable capacidad de bloqueo a la oposición de izquierdas).

Los Pactos de la Moncloa (el Acuerdo sobre el programa de saneamiento y reforma de la economía y el Acuerdo sobre el programa de actuación jurídica y política) suscritos el 25 de octubre de 1977, fueron dictados, antes que por urgencias políticas, por la necesidad acuciante de conjurar la profunda crisis económica que afectaba a España, que padecía entonces una alta tasa de inflación, desempleo creciente, baja tasa de inversión y un desequilibrio importante en sus intercambios económicos con el extranjero. El interés en superar esta crisis era, pues, tanto de la derecha como de la izquierda.

Las medidas legislativas más eficaces aprobadas como consecuencia de estos acuerdos fueron las económicas, como la reforma del obsoleto sistema fiscal español -con la creación del Impuesto a la Renta de las Personas Físicas como impuesto general y universal- y la reforma de la gestión del sistema de Seguridad Social.

Bien vale la pena recordar que el acuerdo económico fue rechazado en primera instancia por los sindicatos UGT y CNT, mientras que los acuerdos políticos no tuvieron otro objeto que el de fijar los objetivos de política legislativa a corto plazo que permitiesen acometer reformas parciales y urgentes para la adaptación del ordenamiento jurídico a las exigencias propias de la nueva realidad democrática.

Es decir, que ni hubo aquí "perdón mutuo" entre los viejos contendientes de la Guerra Civil, ni arrepentimientos ni renuncia a las posturas ideológicas de los partidos. Hubo, sí, mucha lealtad y respeto ente las partes, que eran conscientes del crucial momento histórico que vivía España, amenazada al mismo tiempo por el colapso económico y la involución democrática. El acuerdo, pues, no fue más allá ni puede ser considerado de otra forma diferente que como un intento -por cierto, exitoso- de remoción de los obstáculos jurídicos heredados del régimen franquista para el despliegue de una democracia plena y respetuosa de las libertades, algo que luego alcanzaría una formulación estable con la Constitución de 1978.

Hasta tal punto es falso lo que propalan los «grandes señores del consenso» de Salta en torno a estos acuerdos que Manuel Fraga Iribarne, exministro de Franco y fundador de Alianza Popular, no suscribió el acuerdo político de los Pactos de la Moncloa, aunque sí el económico.

Santiago Carrillo, histórico líder del Partido Comunista Español los firmó, entre otros motivos porque mantenía una estupenda relación personal con el rey Juan Carlos y con el propio Adolfo Suárez, que fueron quienes, seis meses antes de los Pactos, legalizaron su partido y le permitieron obtener 20 diputados en las primeras elecciones libres celebradas en el país después de 1936.

Para finalizar

Desmontar las falacias de los arquitectos del falso consenso romerista es, como se ve, tarea sencilla, aunque siempre conviene no cebarse.

Dedicaré seguramente en otro momento algunas líneas a la absurda invocación del «patriotismo constitucional» por parte de unos señores que no ven más allá de sus propias narices y diré dos palabras acerca del pequeño sismo que tan descarada manipulación intelectual puede haber provocado en la conciencia de Jürgen Habermas.

Lo que no resulta tan fácil de hacer ahora es explicar a los ciudadanos de Salta -y alguien, que no soy yo, debería hacerlo- es qué procesos químicos a nivel de la corteza cerebral (o qué malabarismos contables en su extracto bancario) pueden llevar a ciertas personas (que hasta hace pocos años con un refinado rencor y una enconada maldad renegaban del peronismo y consideraban a su líder como uno de dirigentes más dañinos y antidemocráticos de la Argentina; quienes consideraban al promotor del consenso y a su padre como la hez de la sociedad y como agentes de la mayor degradación moral de que los salteños tengamos memoria, quienes calificaron su largo gobierno como un sultanato, por sus prácticas despóticas y por sus viles excesos, quienes dedicaron casi una vida entera a esparcir sombras sobre las rectas costumbres y la licitud de los negocios de unos y de otros, sin mirar hacia dentro de su casa) a cambiar de opinión de una forma tan drástica y radical.

En vista de que ninguno ha demostrado arrepentimiento por los excesos pasados ni ha realizado autocrítica de sus acciones, solo cabe pensar que están muy conformes con el daño que han hecho y que el consenso del que hablan no es más que el darse la mano por debajo de la mesa para asegurarse que cada uno de ellos (y sus hijos) podrá vivir tranquilamente, sin que nadie los cuestione, en la cima de una montaña, desde la que, quiérase o no, siempre se tiende a ver a Salta 'pequeña'.


LCF - 1977
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