Mis escritos
Muchas veces me he preguntado si lo que llaman la "Cultura de Salta" no está de algún modo sobrevalorada. Y tantas veces como me he formulado esta pregunta, he encontrado respuestas tan inconsistentes y volátiles que soy incapaz de recordarlas.

Me pasa como al protagonista santiagueño de aquel viejo chiste que andaba por la calle ensimismado, cuando, de repente, se cruza con un amigo que le pregunta: "¿Oye, por qué vas tan concentrado?" "Es que estaba hablando conmigo mismo", le responde. Con ironía o tal vez con incredulidad, el curioso amigo le pregunta: "Ahá... ¿Y qué te estabas diciendo?", a lo que el santiagueño responde: "Ah... no sé; la verdad es que no me estaba prestando atención".

Después de esta introducción, seguramente muchos de ustedes pensarán que si hubiera encabezado este escrito con un afectuoso "Amigo lector:" y, a continuación, se me hubiera ocurrido nombrar por sus apodos a una serie de mayuatos que cumplen años, estas líneas podrían ser confundidas con las diarias columnas de don Tomás Waldino Mena, que durante las últimas cuatro décadas reflejaron, casi mejor que nadie, la evolución de aquel formidable acervo de información que llamamos "nuestra cultura".

Pero con permiso del insigne Tombolito, se me ocurrió volver a "hablar conmigo mismo" sobre el tema de la cultura de Salta, procurando esta vez prestarme una atención suficiente.

Esta reflexión sólo es posible después de haber leído al filósofo español Jesús Mosterín, quien, en un libro reciente, define a la cultura como toda aquella información de que disponemos los seres humanos que no nos ha sido transmitida por nuestros progenitores a través del DNA.

Sostiene Mosterín que junto a la información genética -que es limitada en cuanto a su diversidad- los seres humanos disponemos de otra información, la información cultural o cultura.

La cultura no está en los cromosomas, sino en el cerebro, dice Mosterín. No se nos ha transmitido genéticamente, sino por aprendizaje social (es decir, por imitación o enseñanza), y no está codificada en la secuencia de bases del DNA, sino en la pauta de conexiones de nuestras neuronas. Añade el filósofo que nuestro genoma individual -salvo la rarísima excepción de una mutación- no cambia a lo largo de nuestra vida; morimos con los mismos genes con los que nacimos y con los que fuimos concebidos en la fecundación del óvulo materno con el espermatozoide paterno.

"Nuestra cultura, por el contrario, cambia cada día, con cada cosa que aprendemos, con cada dato que olvidamos, con cada habilidad que ejercitamos, con cada opinión que rectificamos, con cada moda que seguimos", añade el filósofo.

La claridad del estilo de Mosterín apenas si deja algún resquicio para el comentario. Pero no puedo refrenar aquí el impulso de hacer uso de esa trampa intelectual de la que suelen echar mano algunos médicos y economistas avergonzados de su ciencia, que cada vez que tienen un micrófono por delante y les asalta el miedo escénico de llamar a las cosas por su nombre, sueltan la frase: "Para que lo entienda la gente". Esta muletilla es, por lo general, el prolegómeno de las explicaciones más banales, acientíficas y peregrinas que se puedan escuchar y la prueba más evidente de que es el expositor -y no la gente- el que se pierde en su propio laberinto conceptual. La mayoría de estas simplificaciones mediáticas, más que un favor a "la gente", constituyen un verdadero insulto a su inteligencia.

Pero como estoy decidido a asumir los riesgos, aquí va: Para que lo entienda la gente, nuestros órganos vitales, nuestros huesos y todo lo que portamos los seres humanos por naturaleza constituye algo así como nuestro hardware. Luego, la información lógica que sirve para que nuestro hardware funcione según el plan divino se encuentra en nuestro DNA, que vendría a ser así una especie de firmware. Es decir, que nuestra información genética, en tanto bloque de instrucciones de programa, al estar integrada en la biología de nuestros dispositivos, es en parte hardware y en parte software.

Pero nuestro software, por antonomasia, es nuestra cultura. La diversidad cultural humana es mucho mayor que nuestra diversidad genética, del mismo modo que en la informática real la diversidad del software es infinitamente superior a la del hardware conocido. Y así como el genoma es un sistema relativamente rígido, que apenas podemos manipular, nuestro particular software está sometido a desarrollos espectaculares en periodos relativamente breves, como lo demuestran los múltiples cambios que observamos a lo largo de nuestra vida.

Los genes -dice Mosterín- son las unidades de información genética. Cada gen codifica una proteína (o varias proteínas, según el entorno bioquímico en que se encuentre). Actualmente, diversos etólogos y antropólogos culturales utilizan la noción de «meme» para referirse a una unidad de información cultural (en un contexto de análisis determinado). Richard Dawkins acuñó la noción de los memes en 1976 para subrayar su paralelismo con los genes.

En otros términos (y, otra vez, "para que lo entienda la gente"): cuando en un artículo reciente me atreví con una tipología del opa salteño, me esforcé en diferenciar la "opería de raíz genética" de la "opería de raíz memética".

Toda cultura se basa en la limpieza

La reflexión en torno a esta muy amplia idea de lo que es la cultura me ha hecho recordar el encuentro que tuve, hace ya muchos años en Salta, con una profesional del tratamiento de residuos sólidos urbanos. Mi interlocutora me dijo entonces una de las verdades más grandes a las que me he enfrentado nunca: Que los salteños compartimos, con el resto de nuestro entorno altoperuano, una muy deficiente cultura de la limpieza (no tanto personal, pero sí hogareña y ciudadana) que hace muy difícil y costosa la tarea de mantener la higiene en nuestras ciudades.

No hay un gen de la limpieza. Ésta -como muchas otras cosas- depende del volumen y de la calidad de la información cultural que somos capaces de procesar en nuestro cerebro. El déficit de limpieza que se observa en nuestros entornos urbanos sirve para poner de manifiesto que nuestra cultura no es tan valiosa ni tan excelsa como algunos pretenden hacerla aparecer, sobre todo en ciertos círculos autodenominados "cultos".

Cuesta mucho admitirlo, pero la limpieza es la base de toda cultura y, por consiguiente, una sociedad que no tiene a la limpieza entre sus prioridades no puede presumir demasiado de su cultura.

Con el correr del tiempo, y a fuerza de recorrer países y continentes, fui dándole cada vez más la razón a la experta salteña en basuras. No sin alguna que otra desilusión, por supuesto. Como por ejemplo, cuando tras visitar el imponente Museo del Prado y disponerme a conocer el famoso y muy cercano Barrio de las Letras, me encontré con un grupo de oriundos meando en un paredón de la calle Los Madrazo, en pleno centro de Madrid.

Fue allí en donde empecé a pensar de verdad que la cultura de un pueblo no ha de medirse tanto por la cantidad de libros guardados en sus bibliotecas, por las obras de arte que atesoran sus museos ni por la cantidad de profesores que tocan en sus orquestas sinfónicas, sino por la limpieza de sus individuos, sus hábitos de higiene y la capacidad de aquéllos para mantener a sus ciudades y a sus casas limpias y sanas.

Debo decir en favor de la ciudad de Madrid y del resto de las capitales españolas que he conocido, que salvo aquel defecto del "public urination", se trata de ciudades mayormente limpias o cuando menos ostensiblemente preocupadas por la limpieza y la salubridad urbanas, lo que no ocurre, desafortunadamente, entre nosotros.

Más tarde pude comprobar que cuánto más se acerca uno al corazón del continente europeo, más aumentan los estándares de limpieza urbana (en proporción directa a la capacidad de acumulación de valores culturales que muestran aquellas sociedades) y, que mientras nosotros nos empeñamos en seguir confundiendo la excelencia cultural con la eficiencia en la conservación de las tradiciones, más nos alejamos de las soluciones a nuestros problemas.

Salta tiene el indudable mérito de haber hecho perdurar determinadas tradiciones, pero comete con frecuencia el grave error de identificar a éstas con nuestra cultura, lo que impulsa a algunos actores a blindar los espacios culturales y hacerlos refractarios a nuevos caudales informativos, en la creencia de que sólo la tradición es portadora de cultura y fuente de legitimación de otras manifestaciones. A mi modo de ver, son visiones como ésta las que eternizan los problemas que se derivan de ciertos déficits culturales como el de la limpieza, por ejemplo.

Cultura, turismo, salud, limpieza y educación

Podemos atraer a los turistas con nuestras bellezas naturales, con la magnificencia de nuestras montañas, con la exuberancia de nuestros bosques, con nuestros museos, con nuestros espectáculos y hasta con exhibiciones de nuestras tradiciones, pero es imposible no darse cuenta que, al mismo tiempo que atraemos a unos cuantos, estamos rechazando a miles de ellos con nuestros remises y taxis sucios, con los baños de los bares y restaurantes en condiciones de auténtica vergüenza, con basuras vertidas en los espacios verdes, como el Parque San Martín, con las aguas servidas que discurren por nuestras calles como si brotasen del más puro de los manantiales subterráneos, con los perros vagabundos copulando al alba en plena Plaza 9 de Julio, con las cartas de los restaurantes impregnadas en grasa y otras sustancias, con nuestros autobuses llenos de barro, con nuestro mercado municipal tapizado de desechos, incluso humanos, con nuestro cementerio convertido en un fortín de mosquitos sospechosos, con terrenos baldíos que son auténticos cubiles, con choripaneras y empanaderas establecidas en lugares en donde no hay agua corriente ni servicios sanitarios mínimos, y con un sinfín de otras manifestaciones de falta de limpieza, tanto o más graves que éstas.

Lo realmente preocupante es que todavía hay ciertos "optimistas" que piensan que Salta puede romper todas las marcas en materia de turismo en la misma temporada en que se registra la amenaza de un brote epidémico del dengue, una enfermedad que se propaga peligrosamente a causa de la deficiente limpieza urbana y domiciliaria, esto es, a causa de nuestra cultura.

Cualquier cambio en esta materia comienza por mover el mundo de las ideas. Si los que "piensan" en Salta siguen -como aquel santiagueño del cuento- ensimismados, mirándose continuamente al ombligo y esperando a que el Estado acuda en su ayuda con prebendas y reconocimientos, todo seguirá como está y nuestra cultura perdurará por siglos "encapsulada", como bien dijo Carlos Vázquez Iruzubieta.

Pero si hay alguien entre nosotros al que preocupe el tema de la limpieza y que no cometa el imperdonable error de vincularlo con el fenómeno de la pobreza, ese alguien debería hacer esfuerzos por sentar en una mesa a los ministros de Turismo y Cultura, de Salud Pública y de Educación, junto con los responsables de la sanidad municipal, para intentar que la limpieza, pública y privada, se eleve al rango de preocupación colectiva de primera magnitud ("política de Estado" que le llaman ahora) y para que se elaboren planes de educación destinados a que nuestros niños aprendan no sólo los teóricos beneficios de la pulcritud, sino también el arte de practicarla en todos los actos de la vida cotidiana.

Los gobiernos gastan ingentes fortunas en construir viviendas de calidades muchas veces discutible, pero ni un sólo centavo en enseñar a sus futuros ocupantes (antiguos moradores de infraviviendas) a utilizarlas provechosamente en su propio beneficio y en el de la sociedad en la que viven. Cuenta una trabajadora social a punto de jubilarse, que al realizar los preceptivos "ambientales" en viviendas recientemente ocupadas por familias muy desfavorecidas, que con anterioridad a la entrega de sus nuevas casas vivían en condiciones muy precarias, se encontraba con que los inodoros eran utilizados como porta-macetas por sus moradores, que preferían cavar un pozo en el patio para sus necesidades más personales. Un sacerdote igualmente veterano cuenta también cómo unos aborígenes, que habían recibido unas estupendas viviendas ecológicas, al cabo de un cierto tiempo terminaron utilizándolas para almacenar el grano mientras ellos preferían seguir viviendo en los árboles.

Cuando alguien entre nosotros se enfrenta a un problema aparentemente irresoluble, suele soltar aquello de "se trata de una cuestión cultural", como si en este tipo de cuestiones fuera imposible efectuar cambios o encontrar soluciones. En mi opinión, si la cultura es el software con que funcionamos los seres humanos, para acometer los cambios culturales, de cualquier naturaleza que sean, sólo se requiere retocar el programa, esto es emplear el lenguaje de programación adecuado y establecer con él las órdenes y parámetros que sean necesarios. Quizá no sea tan fácil como ésto, pero con toda seguridad no es imposible como señalan aquellos que nos convocan a darnos por vencidos cuando nos enfrentamos a dificultades culturales.

Si yo fuese el gobernador de la Provincia y debiera decidir de qué forma gastar el presupuesto de Cultura, en lugar de subsidiar a ciertos zánganos que pesan como losas sobre el presupuesto del Estado, destinaría partidas enteras a estimular cambios culturales de esta envergadura. Pero mucho me temo que el gobernador de Salta, en esta materia, como en otras, está sintonizando otra onda.

LCF - 1977
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