Presentación
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En el verano austral de 1965/66, cuando tenía yo solo siete años, se produjo un pequeño suceso que iluminó mi vida: Por primera vez mi padre me dejó operar su estación de radioaficionado -la LU9OA- y me enseñó a comunicarme con el mundo.

Han transcurrido casi cinco décadas desde entonces. Hoy, gracias a mi padre y a su imborrable ejemplo, puedo mirar el cambiante mundo de la comunicación y la tecnología a través del prisma de la experiencia. Y sobrevivir con humildad, sin estridencias, en un medio en donde parece que solo triunfan las vanidades.

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